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jueves, 31 de enero de 2013

STS-107 (OV102) - Space Shuttle Columbia

Mañana se cumple el décimo aniversario del dramático accidente de la Lanzadera Columbia, perteneciente a la Agencia Espacial Norteamericana, acaecido en la madrugada del 01 de Febrero de 2003, sobre Texas, en la senda de descenso.

El terrible accidente acabó con la vida de los siete tripulantes cuando estaban a pocos minutos de tomar tierra, tras una misión que se inició el 16 de Enero, y que tenía previstos una serie de experimentos relacionados con la microgravedad (esto se aprecia en el parche de la misión).

Durante el despegue, el desprendimiento de un trozo de cobertura aislante de espuma de uno de los anclajes del ET (External Tank) provocó un impacto en el borde de ataque del ala izquierda, fabricado en RCC (Reinforced Carbon Carbon), agujereando una zona no determinada en los alrededores del panel RCC 6.

Se estima que el agujero no tendría un diámetro mayor de unos 20 cms. Y por ello no se llegaron a desatar las alarmas tal cómo hubiese debido hacerse.
Tanto en MC (Mission Control) como a bordo eran conscientes de lo que había ocurrido, pero se desestimó la auténtica gravedad del asunto, encadenando una serie de errores que fueron motivo de aguda crítica en el subsiguiente informe de la comisión investigadora del accidente (CAIB).

El resultado fue que durante la reentrada, el aire supercaliente de la onda de choque, generada por el empuje del orbitador al sumergirse en la atmósfera, se coló en el interior del ala dañada, y comenzó a provocar destrozos en su interior.

La estructura alar metálica se debilitó por las altas temperaturas, se fundieron las conducciones de los sensores de telemetría, provocando lecturas extrañas y fuera de escala, se fundió hasta al tren de aterrizaje (algo que hubiese provocado un accidente igualmente aunque el vehículo hubiese aguantado).
La carga total de calentamiento superó todas las previsiones de diseño, mientras la estructura se iba deshaciendo por dentro.

Finalmente, las fuerzas aerodinámicas generadas a esas velocidades provocaron la rotura del ala izquierda, la descompensación de actitud del vehículo, que acabó poniéndose de lado cuando viajaba en torno a Mach 19 (una velocid intolerable para su diseño estructural en esa actitud de vuelo), y su casi inmediata desintegración, cuando sobrevolaba el estado de Texas.


Los restos se esparcieron en un área de unas 250 millas.

Ningún tripulante sobrevivió.

Era inviable su supervivencia incluso aunque hubiesen seguido las normas que les obligan a vestir su traje ACES bien cerrado y presurizado, algo que no todos habían hecho en ese vuelo. El choque de sus cuerpos, ahora expuestos, con al aire a Mach 19 acabó de golpe con sus vidas.

Sirva este pequeño relato como un simple homenaje por la contribución que hicieron mientras vivian al desarrollo y progreso de la ciencia.
Ellos, como otros antes que ellos, no serán olvidados, pues dieron lo mejor que tenían, sus vidas.

Y posiblemente este acto, como se mostró a raíz de la posterior investigación, pudo salvar a otros, pues toda la estructura operativa y administrativa de la NASA fué revisada y se detectaron multitud de errores de forma y de operación que fueron corregidos.


Estos siete tripulantes son algunos de los gigantes sobre cuyos hombros debemos subir para seguir avanzando en el progreso y desarrollo de la ciencia.

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